Una Juvenil Olimpiada muy especial

Este año tuve la gran oportunidad de estar detrás de la computadora, viendo partidas, transmitiendo tableros electrónicos y escribiendo el boletín informativo del torneo, que comparto en sus números más abajo.

“El ajedrez es la vida”, una de las máximas del ajedrez que nos dejó Robert “Bobby” Fischer, ha sido y sigue siendo un pilar para quienes llevan el ajedrez en la sangre. Es una frase que rompe el paradigma cotidiano de todos los que practican y puede invitar a quienes aún no lo hacen: una frase con un alcance transformador. La vida está inmersa en una constante toma de decisiones, con consecuencias en cada acción que se realiza.

El preámbulo es simplemente para reconocer que no hay rival débil, y toda acción realizada sobre el tablero tendrá una repercusión durante la partida y el torneo. El rating queda de lado cuando dos jugadores se sientan uno frente a otro; cada uno, con sus 16 piezas, ambos trazan el camino de una batalla marcada por la estrategia, una pizca de táctica y una fuerte comprensión de los finales.

Hablaré de grandes jugadores y jugadoras que entregan su máximo empeño, sus ganas, su gran ímpetu de lucha; en un entorno donde ganar es solo una parte de la experiencia, quedando el sabor del esfuerzo en cada movimiento, el saber que se hizo un movimiento brillante o simplemente la caída por una ligera imprecisión, y que deja un sabor muy especial para cada deportista, tan diferente como uno mismo.

Tras las dos primeras rondas, solo algunos de los primeros clasificados de cada categoría se mantienen en la parte alta, sin embargo, ya se han visto algunas sorpresas, demostrando que sobre el tablero la historia no cuenta el rating.

Es importante precisar que, al hablar de “sorpresa”, se trata simplemente de un sinónimo de “inesperado”, visto desde un nivel meramente numérico, pues queda claro que todos los participantes tienen la capacidad de ganar.

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