La influencia del dónde estamos

Por Víctor Hugo Olmos Olalde

13 de septiembre de 2026

Un día en clase, que parecía de lo más normal, uno de los chicos del grupo soltó una frase que, en ese momento, no lograba cavilar lo escalofriante que podía resultar. Una frase llena de mucho sentido y que, desde perspectivas diversas, será cuestionable.

— Aquí nos tocó vivir, ¿qué se le puede hacer? — dijo con voz tranquila, acomodándose lentamente en su asiento. Parte del contexto fue su entrada tardía al salón y la justificación correspondiente en ese momento.

Para él resultó ser algo de lo más normal, mientras que para mí quedó rondando en la cabeza una idea casi frustrante, cuestionándome si es posible no hacer algo para que las cosas se hagan y funcionen de manera diferente, solo por tocarnos nacer en un lugar específico, con determinadas costumbres y toda una carga de herencia genética y social basada en el entorno y un montón de situaciones más. Dicha situación me llevó a recordar una fábula que en algún momento encontré en alguna de las redes sociales y que, al buscarla, me llevó a Anthony de Mello, quien la incluiría en su libro “El canto del pájaro”, y que más tarde se le atribuye su origen a James Aggrey, con una metáfora muy similar.

El águila que se creía gallina.

De Mello llamó a su fábula “El águila real», dando inicio de la siguiente manera.

Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral.

5

El aguilucho fue incubado y creció junto con la nidada de pollos.

Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos?

Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día divisó muy por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba elegante y majestuosamente por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.

La vieja águila miraba asombrada hacia arriba: — ¿Qué es eso? —, preguntó a una gallina que estaba junto a ella.

— Es el águila, el rey de las aves— , respondió la gallina.

— Pero no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes de él— .

De manera que el águila no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral. (pp. 129-130)

Para Aggrey, el sentido de la fábula se centra en la crianza y en la naturaleza de uno mismo.

 

Un hombre encontró un aguilucho en el bosque y se lo llevó a su corral, donde lo crió junto con sus gallinas. El aguilucho creció comiendo el mismo grano que ellas, picoteando la tierra, cacareando y aleteando apenas un poco por encima del suelo, exactamente igual que sus compañeras de corral.

Nadie —ni siquiera él mismo— dudaba de que fuera una gallina más.

Un día, un naturalista que pasaba por ahí vio al águila entre las aves de corral y le preguntó al dueño por qué tenía encerrada al ave que se supone que es la reina de todos los cielos. El hombre respondió que ya no era un águila: la había alimentado como gallina, la había entrenado como gallina y, por lo tanto, ahora era una gallina, aunque su envergadura fuera enorme.

El naturalista no estuvo de acuerdo. Insistió en que, sin importar cómo la hubieran criado, un águila conserva el corazón de un águila y que ese corazón, tarde o temprano, puede despertarse. Pidió intentarlo. Tomó al ave, la sostuvo en alto y le dijo con firmeza: —Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Extiende tus alas y vuela. Pero el águila, confundida, solo miró a su alrededor, vio a las gallinas picoteando el suelo y saltó de nuevo junto a ellas.

El naturalista no se dio por vencido. Al día siguiente, la llevó al tejado de la casa y repitió la invitación a volar. El águila, temerosa, volvió a bajar hacia el corral. Finalmente, al tercer día, el naturalista se levantó muy temprano, cargó al águila y la llevó hasta la cima de una montaña alta, lejos de cualquier corral. Ahí la levantó frente al sol naciente y le habló una vez más de su verdadera naturaleza.

Esta vez, el águila comenzó a temblar. Poco a poco, extendió sus alas y, con un grito que parecía provenir de muy adentro, se elevó, primero con torpeza, luego con fuerza, hasta perderse en el cielo, para no volver jamás al corral.

Durante la búsqueda de la fábula, encontré en línea una versión más amplia que me pareció aún más extraordinaria, publicada por Dara Espinaco en 2015, titulada “El águila que se creía ser una gallina” en su sitio web.

 

Un día, mientras paseaba, un granjero encontró un huevo de águila y lo llevó a su gallinero. Lo colocó en el nido de una gallina de corral.

El aguilucho fue incubado y creció junto con la nidada de pollos. Y, aunque era un águila real, vivió así… como si fuera una gallina más del corral.

Durante este tiempo, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era uno de ellos.

Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos para comer, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos y gallinas.

Después de todo, ¿no es así como había de volar un polluelo?

En la granja recibió calor y cariño… y aprendió muchas cosas:

Aprendió de los pollos y gallinas —muy quejosas— a quejarse; pero no le gustó. Quien va por la vida así ha de resultar insoportable de aguantar. No quiso adoptar esa manera de ser.

Aprendió del gallo a actuar como un ser tirano, celoso y altanero… pero tampoco le gustó. Mejor olvidarlo.

Quiso aprender del cerdo… pero le pareció demasiado sucio y desordenado. Pensó que había que cuidar más la imagen que daba.

Luego se fijó en el burro, a ver si podía aprender algo de él, pero le pareció muy indeciso y demasiado terco. Así, seguro que se le escaparían muchas oportunidades en la vida.

También quiso aprender de la vaca… pero no le gustó su forma de estar en la vida, siempre indiferente a la realidad que le rodeaba, como si siempre pensara que el otro prado, más allá, parece más verde. ¿Cómo puede ser feliz creyendo siempre que lo mejor está lejos, al otro lado?

De los loros empezó a aprender a decir cosas… pero llegó a la conclusión de que son demasiado chismosos. Y, haciendo lo que ellos hacían, al señalar a alguien con el dedo para acusarle, observó que siempre había tres dedos de su mano señalándole a él.

Miró al buitre, pero enseguida le desagradó su manera ventajera de vivir, siempre tan carroñero, queriéndose aprovechar de los descuidos ajenos. ¡Qué mezquindad! No, él no quería ser así.

Luego le llamó la atención un pavo que conoció: sacando pecho, pero siempre cauteloso y como si cuestionara todo. ¿Qué rollo, no?

Él quería hacer en la vida algo diferente. ¿Por qué no algo importante?

Un día, el aguilucho divisó, muy por encima de él, en el limpio cielo, a una magnífica ave que volaba, elegante y majestuosamente, por entre las corrientes de aire, como flotando entre las nubes, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.

La cría de águila la miraba asombrada hacia arriba… ¡le parecía algo tan espléndido aquello de volar!

Y preguntó a una gallina que estaba junto a ella:

—¿Qué es?
—Es el águila, el rey de las aves —respondió la gallina.
—¡Qué belleza! ¡Cómo me gustaría volar así!
—No pienses en ello —le dijo la gallina—. Tú y yo somos diferentes de ella.

De modo que el águila no volvió a pensar en ello. Y siguió creyendo que era una gallina de corral.

Un día, una pareja de ecologistas visitó al granjero y, al ver a los animales de la granja, descubrió entre las gallinas al aguilucho:

—Tienes un águila entre las gallinas —le dijo la licenciada en ecología al granjero.
—Sí —respondió este—, pero es como si fuese una gallina: come, vive como una gallina, apenas sabe volar.

Retomando la frase — Aquí nos tocó vivir, ¿qué se le puede hacer? —
La dividiré en partes e intentaré dar mi perspectiva, que, aunque no será concluyente, pretende dejar una manera de observar y continuar el cuestionamiento para cada uno de nosotros.

Aquí nos tocó vivir se refiere a nuestro entorno y a la influencia que ejerce en cada uno. Desde el preciso momento en que somos concebidos, nuestros padres han puesto en marcha un amplio experimento que no siempre estaba previsto. Cambia su vida y, por supuesto, todo aquello que hagan los padres tendrá consecuencias positivas y negativas en la crianza del nuevo miembro.

Al nacer, todo se convierte, la alimentación, el descanso, las actividades; todo se ha modificado. Las personas alrededor inician un proceso de aceptación y rechazo, dependiendo de la forma en la que se llegó, el círculo se amplia y se requiere de más agentes de apoyo y educación, que tendrán en sus manos la incorporación social; integrando y alterando los diversos factores económicos, culturales y cognitivos.

Aquí nos toco vivir alude a que pase lo que pase, el entorno decidirá en que se convierte una persona, responsabilizando completamente al entorno de quien y no, se va a convertir en alguien, dejando a un lado la personalidad, individualidad, la toma de decisiones y la conciencia de ser.

Esa perspectiva pesimistea y determinista quita la posibilidad de que cada persona tuviese que elegir un camino diferente, y aquí es dónde la fábula tomará un inquietante paradigma. ¿Qué pasa si el águila quiere permanecer como gallina, aún siendo  quién es? ¿Debe, obligatoriamente, surcar el cielo? No solo por quién es, o porque sea su naturaleza.

La segunda parte de la frase…
¿Qué se le puede hacer?
La incognita es interesante en manos de alguien que desee encontrar una respuesta, a diferencia de solo lanzar un cuestionamiento indiferente o tal vez insensato, sin la minima intención de resolverla.
Volver arriba